2007/09/20

El Rebelde

Partimos de Asunción el Capitán y yo, con un grupo de nuestros mejores hombres, que yo juzgué demasiado numeroso, ya que teníamos orden de apresar a un solo hombre, a quien la Junta –que acababa de asumir- consideraba un bandido y un revolucionario peligroso.
Llegamos sin complicaciones a la pequeña chacra, enclavada en un claro de la selva, donde se respiraba un aire apacible. Nos adentramos respetuosamente, y vimos al rebelde, mateando calmo a la sombra de un tarumá, sin percatarse de nuestra presencia, y casi dándonos la espalda.
El primero en vernos fue el negro que lo asistía, quien se sobresaltó y dio un paso adelante, y luego dos hacia atrás, cuando el Capitán levantó una mano, como para tranquilizarlo.
El revolucionario miró al Capitán de soslayo, sin decir una palabra.
Noté que llevaba un facón en el flanco izquierdo, pero me di cuenta de que tal cosa tenía que ver únicamente con las costumbres gauchescas, y aquel facón no estaba ahí para ser usado contra otro hombre.
Aquel bandido tenía más de setenta años. A menos de un metro, reposaba su bastón, tan inseparable como el negro Lencina, que debía ayudarlo en todo. Calvo, muy flaco, casi sin dientes, no era más que un apacible abuelo que se dedicaba a charlar con los vecinos o los indios de la zona.
Veinte años en aquella imperturbable chacra de Curuguaty habían dejado muy atrás para aquel hombre los tiempos de su gesta heroica, cuyo fracaso lo había llevado a refugiarse en aquel paraje de días invariables, muy lejos de la agitación incesante de la Capital.
Vivo quedaba aún su recuerdo, y la trascendente fama que persistía entre sus adeptos, quienes, a pesar de no haber tenido noticias de él en tanto tiempo, insistían en relatar sus hazañas y exaltar su figura.
El viejo caudillo comprendió enseguida, y le ahorró palabras al Capitán, que estaba algo desolado:
-Entiendo que tengo que acompañarlos, señores. Me llevarán a Asunción.
Dio unas instrucciones al negro Lencina, y se dispuso a partir sumisamente.
Tiempo más tarde, el Capitán me confesaría que en aquel momento se le cruzó por la cabeza dejar la orden incumplida, y retornar con la justificación de que el revolucionario no se encontraba en aquel paraje. Creo que no hubiera sido una mentira.
El viaje fue lento y tranquilo, dominado por el silencio.
Durante la última parada, el Capitán me llamó a un aparte:
-Tajéeme la mejilla -me lanzó de pronto.
Quedé atónito ante la insólita orden, pero como su mirada me apremiaba, desenvainé la espada y le rayé la cara sin pensar.
Cuando entramos en la Capital, un gentío se apiñaba para vernos pasar. Antes que en la anciana figura del caudillo, todos repararon en la infamante cicatriz que marcaba al Capitán. Las expresiones de todos los rostros transmitían un asombro sagrado, y se oían comentarios murmurados en tono solemne.
El viejo rebelde fue entregado a las autoridades, y puesto en la cárcel, donde pasaría menos de un año. La nueva revolución, que pondría fin a la Junta, no tardaría en estallar.