2005/10/14

Composición tema: "La Vaca"

Creo que usted quiere saber por qué no como carne. Nunca. En realidad, ahora no como más carne. Dejé de comer carne, porque antes comía. Y por qué dejé de comer carne es el tema. Bueno, no es por decisión propia, o más bien sí, sí es por decisión propia, pero una decisión involuntaria. Qué raro suena eso, ¿no?, decisión involuntaria; se me ocurre que debe parecer incoherente, pero deje que le cuente, no se apure a pensar que es algo ilógico. Mire, no es que me haya hecho vegetariano, o naturista, o de esas personas que se niegan a comer animales... cadáveres dicen; pero eso es incoherente, porque entonces no se podría comer nada, ¿no?, porque qué es la lechuga, entonces, ¿no es una planta muerta, acaso?; hablan del karma, de la reacción karmica por matar un animal, como que el Universo se venga por ese crimen, algo así, pero a mí eso no me suena razonable, no. Además, eso está pensado para gente con mentalidad oriental, y yo no tengo mentalidad oriental en absoluto. No, no es por eso que no como carne, ni por cuidar la salud. Nunca he cuidado mi salud, y soy un roble; el médico siempre me lo dice, me dice que estoy como un roble, no tengo la menor dolencia; soy sano; bueno, en realidad, los médicos dicen que no existen las personas sanas, todos tenemos algo, aunque sea mínimo, pero quiero decir que si existiera una persona totalmente sana, ese sería yo; me acerco más que nadie a la completa salud. En fin, me fui por las ramas, siempre me voy por las ramas; estábamos en que no como carne, carne de vaca, para ser exacto. Y voy a tratar de contarle por qué. Resulta que el sábado pasado fui a la rural. Me invitó una mujer que conocí hace un tiempo. Es una mujer que siempre me está invitando a todos lados. No es una amiga. Para mí no es mi amiga, aunque yo creo que para ella soy una especie de amigo. No me gusta ella, me desagrada bastante, porque es muy gorda. Casi alta como yo y muy gorda, lo cual me desagrada completamente. No puedo mirarla demasiado cuando estamos juntos, porque no quiero que note que me desagrada. En realidad, no me desagrada todo el tiempo. Cuando no la veo por algunos días, comienza a gustarme. Es raro, no sé si podré explicarlo bien, al no verla, me gusta, comienzo a pensar en ella y siento cierta... cierto... es decir, me gusta, en un sentido de... como le gusta a uno una mujer, ¿se entiende? Pero eso dura nada más hasta que la veo. Hay días incluso en que tengo muchas ganas de verla, pero se me van apenas la veo. Claro, el hambre se le va a uno apenas come algo, ¿no? Y hablando de comer, yo no puedo comer carne de vaca. Los otros días, fui a un restaurante bastante agradable que pusieron en la otra cuadra de mi casa, para el lado que le conté, hacia donde nunca voy. Bueno, fui el otro día, movido por la curiosidad, ya que me habían dejado un volante por debajo de la puerta. Lindo lugar, sencillito pero agradable. Por lo menos al principio, suelen ser lindos los lugares esos. Bueno, el tema es que pedí un bife de chorizo, jugoso como me gusta. Como me gustaba, porque ya no me gusta. Bah, no es que no me guste, no me dejó de gustar en ningún momento, no es que le sentí feo gusto un día, no. Es porque es de vaca. Y me di cuenta ese día. Me lo trajeron bien jugoso, chorreando sangre (por primera vez en mi vida me percaté de que era sangre), y no pude comerlo. No me dio asco, no. No fue asco. Fue una sensación extraña. Pero tendría que contarlo bien, porque todo empezó el sábado en la rural, con la gorda asquerosa esta. Bah, mi amiga Malva. Buena chica, simpática. Bah, chica, digo chica, pero tiene 42 años, ya no es ninguna chica. Pero es buena. Me quiere; creo que me quiere. Salvo cuando me maltrata, me dice de golpe que me vaya, y yo me voy, ¿qué voy a hacer?, ella es así, no la voy a cambiar, a sus 42 años. Yo creo que le gusto, si no, no me llamaría a cada rato. Bueno, fuimos a la rural. Estaba todo muy lindo, más lindo que nunca. Malvita se había bañado (no siempre lo hace, lo cual me molesta bastante, porque tengo la costumbre de olerla cada vez que se acerca para saludarme, y no soporto cuando tiene el pelo sucio, o algún otro olor desagradable). Recorrimos todo muy tranquilos, hasta que llegamos adonde había unas vacas. Me llamó la atención una en especial. Una vaca, pero no cualquier vaca, sino esa. Yo nunca había visto una vaca. Nunca había visto una vaca viva. Usted dirá, ¿nunca comió un asado? Sí, sí, comí millones de asados, hamburguesas, churrascos, ya sé que esas son vacas, en alguna forma; pero nunca había visto una vaca en vivo y en directo... ja! en vivo y en directo, lo dije bien, ¿no? estuvo bien eso, en vivo y en directo... Bueno, la cuestión es que veo a la vaca cara a cara, porque me miró fijamente a los ojos. Tenía una mirada estúpida, como la de algunas personas de esas que parece que no saben ni cómo se llaman. Mirada de persona estúpida. O quizás era una vaca estúpida; no sé, ya que no vi la mirada de otras vacas; tal vez todas tengan la misma expresión, o tal vez esa era la más estúpida de las vacas. El tema es que me impresionaron sus ojos vidriosos. Eran de un marrón horrible, muy color... color... bueno, color caca eran. Pero caca dura... sorete, bah, puedo decir sorete, ¿no? no le molesta a usted, ¿no? Bueno, eran de ese color, si conociera otra cosa de ese color, no diría esa palabra, disculpe. La cuestión que me quedo mirando esos ojos, que no sólo eran estúpidos, grandes, vidriosos, merdosos... tenían también una expresión muy particular, una expresión que comprendí después de un rato. Era una expresión de asco, de profundo desprecio, asco y resentimiento. Algo así, pero era una sensación sola, no era asco, desprecio y resentimiento, sino todo junto en una sola expresión. No sé si habrá una palabra para eso, tendría que buscar en el diccionario, aunque no sabría cómo buscar. Debería haber un diccionario donde se pudiera buscar por las definiciones, entonces sí. Pero, creo que existe eso, ¿no? Bueno, el tema es que al ver esa mirada, comprendí todo. Comprendí que ese animal nos desprecia profundamente, que le provocamos asco y resentimiento, y que evidentemente tiene un incontenible deseo de venganza. Claro, usted dirá ¿cómo podría vengarse una pobre vaca? claro, yo también me lo planteé; al principio me causó gracia, pero después de pensarlo un minuto, me estremecí. No es que piense en una rebelión de vacas. No se me cruzaría algo así por la cabeza. Ni siquiera sé por qué lo digo, nunca se me ocurrió. No. Las vacas no pueden rebelarse, eso es obvio. Pero si se piensa un poco, tienen una forma de vengarse, después de todo. Tienen una forma, y está en sus ojos. En esa estupidez, en esa infelicidad que se les nota. Ellas llevan una vida miserable, y eso se manifiesta en la carne. Dan carne podrida. No podrida en el sentido de agusanada, no. Es carne infectada por la infelicidad de esos animales, que se empeñan en tener vidas miserables para pudrir adrede sus carnes. Es decir, para que esa carne tenga partículas nocivas, ¿se entiende? Al tener una existencia tan amarga, la carne no puede ser menos que una porquería, algo que nos hace mal aunque no se note. Como envenenada con un veneno sutil. Entonces entendí todo. Incluso el mal olor de Malva, a quien le gusta tanto la carne. Eso nos va pudriendo por dentro, y sale por los poros. A los cuarenta, cuando uno ha comido mucha carne, inevitablemente se empieza a notar. Por eso no como carne. Por eso, cuando me trajeron ese bife en el restaurante, no lo pude tocar. No sólo no lo pude tocar, sino que tuve que arrojarlo lejos. Tuve que tirarlo al piso, con plato y todo. Tuve que arrojarlo lejos, no fuera a ser que sus vapores me entraran por los agujeros de la nariz y me contaminaran. El mozo se enojó y me echó a patadas. Estaba como loco. Muy mal carácter. Seguro que él también ya debe estar podrido por dentro.

2005/10/06

¿Te cuido el auto, flaco?

Un choclo siempre es más completo, incluso una empanada de humita podría ganarle, nunca en un campeonato de vaciamiento de caja corrugada revestida de aluminio protector, donde retozan sueños varios, de grandeza o de chiqueza, napoleónicos o constantes, macedonios o simples ensaladas con lo que había en la heladera al momento en que cayó el diputado para la cena con ese proyecto que comenta de una ley por la cual toda hija primogénita de matrimonio en segundas nupcias no entregada como es debido en ritual de yotecreiadiferente siempre y cuando se considere que no ha podido nunca dejar de creer que mentía cuando juraba faltar a la verdad. Estos abuelitos treintañeros, simpáticos protestantes de la moral weberiana, dulces y orgullosos saccovanzettistas, fritos en su propio aceite seborreico, dados a la perorata incontinente por cuanto sin contenido, amigos inseparables de la honrada amenaza, fruto inmaculado del vientre del mal menor, tinajas llevadas a la fuente hasta haberla roto, apolíneos acólitos de los parquímetros que nunca habrá salvo donde sean inutilizables, bordeadores de césped de nylon, previamente tratado con el tema del Hijo-Deseo-Edipo lacaniano. Generalmente suicidas involuntarios. Culpables de casi todo, excepto de su propia condena.

Tren blanco de las once y pico

Espectral, fantasmagórico. Demano y hurecho, por decirlo con vocabulario derrotista, ahogador de siniestros gritos tan fuertes que nadie los oyó nunca. Más callejero por dentro que por fuera, carga de evidente fase saliente del complejo edípico, con culpa característica y amenaza de castración, la cual hace sonar a todos los despertadores diez segundos antes de que les sea apercibida la hora, y bailar al son de la música que prohiben.
De qué servirán todas las mancuspias del mundo si los locos lanzan sobre las llamas, que yacen apagadas. Como si dijéramos Mein Kampfo de Mayo, o SSMA, rumbo al patibulario pan nuestro de cada día, por la incierta vía de la promesa, y el que quiere venir que venga, que yo volveré con mis millones, hasta que sean tantos que ya no quepan en ese largo tren cuya locomotora descansa en Retiro, mientras el último vagón espera que lo obliguen a trabajar en José Paz.

Los chorizos que se venden en las esquinas

Composición: 40% preguntenlealquecuidalachacaritadenoche; 12,7% de J.M.A.F.; 3,65% ácido desoxirribolisérgico; 1,45% seres vivos aunque incapaces de denunciar su situación en “Punto Doc”, de tamaños y extracciones sociales variadas, según la pirámide de Marshmallow.
Una vez en el interior de los estómagos de los no iniciados en el culto de Castux y Polor, los invasores forman colonias con tendencia anarco-marxista y organización en clanes campánicos de aspecto broncíneo y sonido no menos metálico. Al tomar posesión de todos los órganos lipídicos donde se compromete la circulación linfocítica, los seres generan las famosas fantasíainstantáneafemeninaconextrañoreciénavistadoenmediodetransportepopular, enemiga de la tan criticada afición masculina dominical por orgías sobre alfombras inmaduras de entre unos veinte, todos tipos, y una sola redondita, algo blanca, algo negra, atraida y rechazada según esquema de bacilos de Koch o fantasía onírica “golpean al niño”.

Perfil del Autor

Nació en Flores, o en Villa Luro, tal vez en Villa Devoto, un día caluroso y húmedo que terminó sin pena ni gloria.
Estudió Publicidad, o Psicología, o Comunicación, o Maestro Mayor de Obras, o tal vez todas ellas, sin destacarse en ninguna.
Sus permanentes inconstancias y la fuerza de sus caprichos son los únicos matices de una vida gris y mediocre, caracterizada por la indecisión, la imprevisión y la desidia.
De uno de estos matices, seguramente no el más feliz, surgen estos escritos, o más bien estos agrupamientos de palabras, que en algún momento tuvo la impiadosa idea de dar a conocer.
Entre sus influencias podrían citarse a Borges, Nietszche, Mann, Joyce, Hesse, Las Locuras de Isidoro y las frases que aparecen en los tacos calendarios. Estas últimas son las que más se notan en su obra, ya que los grandes escritores sólo lo motivaron a pensar que lo que él escribe merece prender el fuego de un asado.
Sin embargo, aquí está parte de esa obra. Tal vez podría servir para un estudio psicopatológico. Acaso para pedirle al autor que abandone la pluma para siempre. Lo más probable, sin embargo, es que pase al olvido sin más, cumpliendo con el destino que tiene marcado desde su nacimiento: la intrascendencia.