
Miraba el mar fijamente. Obsesivamente. La indecible bravura, la imperturbable calma. La ciclotimia más inquietante que hubiera presenciado. Horas frente a la ventana, sosteniendo la cabeza entre sus manos, hasta que sus brazos, adormecidos, se le vencian.
Deseaba el mar, y lo deseó durante años.
De adolescente se le acercaba por las noches, con el debido respeto, guardando siempre una sagrada distancia, pero respirando la salada frescura de ese aire propio del océano.
Y sentia temor de aquel monstruo inabarcable, inacabable, incomparable...
A su primera novia la puso frente al mar, en una noche de Luna llena y cielo celeste, donde las nubes resplandecian inquietas, viajando velozmente, y fatalmente.
Y alli la besó.
Con aquel testigo, de cólera imperturbable, infinito y amenazante.
A los 20 consiguió trabajo a bordo de un barco. No se correspondia exactamente con sus previas fantasias, pero vivia en el mar. Y aquella patria salada le alcanzaba para ser feliz.
Vivia hipnotizado.
No se despertaba nunca.
Jamás se dormia.
Vivir era contemplar, admirar.
Y sentir todas las emociones en un solo lugar, frente a una única situacion.
Eran otros los dias, otras las estrellas, la Luna cambiaba su forma todas las noches, pero sobre el mismo mar.
El viento, caprichoso escultor, daba a cada nube una forma irrepetible, sobre el mismo mar.
El mismo que lo acunó durante tantas noches, el que le rugió tantas veces, y tantas otras lo acompañó indiferente, inconmovible. El que lo llevó por los puertos e islas del mundo, permitiéndole descansar de su cobijo, concediéndole el lujo de extrañarlo. Ese que una tarde en que el barco dijo basta lo tomó entre sus brazos. Entre gritos desesperados y trozos de madera le hizo sentir la fria y envolvente caricia. Le permitió mirar hacia todos lados, comprobar la inexorable inmensidad de aquella patria. Le rozó las mejillas con la suavidad de su espuma, y lo atrajo a sus entrañas. Y lo vio sonreir. Sintiendo en su boca los besos incomparablemente salados. Dulces.
Cuando me haga a la mar
Dejaré los lamentos
Y las noches eternas suspirando por él.
Al soltar las amarras
Mataré mi silencio
Y la dulce tortura que me aleja de él.
Cuando soplen, briosos
En mis velas los vientos
Yo sabré que ya es hora de que vuelva a nacer.
Cuando note que, henchidos,
Deseosos los tientos
Me sugieran los rumbos que he de conocer.
Ese día te juro que mis pensamientos
Marcharán a la espalda
De mi voluntad.
No tendré mas motivos que mis sentimientos
Ni más obligación
Que mi necesidad.
2 comentarios:
Nació en Flores, o en Villa Luro, tal vez en Villa Devoto????
Gracias por tus palabras, en mi sitio.
Hay tardes (hoy no porque está lloviendo) en que siento impotencia de la perversidad de tanto miserable que tiene el poder de hacer grises nuestras vidas (ser "esa cosa indefinible que es ser argentino") y entro en ebullición.
Envío doscientos mails explicando lo que tuve que soportar de los pandilleros mezquinos, las listas negras, el escándalo y la mentira en mi propia cara.
Y otras, me dan ganas de leer poesía y olvidarme.
Aprender que no hay más que esta vida breve y que si tanto imbécil vive por el dinero y la fama allá ellos.
¿Acá? Acá yo.
sin más obligación que mi necesidad
te voy a hacer caso
yo también naci en villa luro, o monte castro o versailles, depende del plano y sus limites
todo siempre depende del plano y sus limites...ahora que lo pienso
te encontré en el blog de lucia, y vine a verte, tengo mucho por leer todavia, si no te molesta, puedo llegar a atiborrarte de comentarios, solo dame un poco de tiempo
lo que lei hasta ahora no me parece digno...de hacer un asado
me parece que sale de la emoción en carne viva, y no justo la que se pone al asador
luego sigo...un hijo me reclama
me pregunto de que barrio sos en realidad, y si no estaremos a la vuelta de la esquina
un abrazo desde...villa luro, monte castro o versailles...da igual
besos
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