En mi desesperación, se me ocurrió que quizás Memo me podía ayudar. Él tenía contactos, conocía mucha gente, algunos de ellos con cierto poder, él parecía tener solución para todo.
Bajé del auto casi corriendo y toqué el timbre, sin preocuparme por mi aspecto, que en el mejor de los casos, sería el de un pordiosero. En ese breve lapso entre tocar el timbre y esperar que a uno le respondan, durante el cual se suele reparar en la imagen que se va a encontrar quien abra la puerta, intenté meter la camisa dentro del pantalón; creo que lo logré con casi la mitad, pero desistí apenas comencé a escuchar que maniobraban con la cerradura.
Abrió el propio Memo, como yo estaba deseando, con la mirada extraviada y un vaso medio lleno en la mano, sonriéndome estúpidamente. Recién en ese momento me percaté de que se oía música y numerosas voces en el interior de la casa, recordé entonces que esa noche había una fiesta, e incluso que yo había sido invitado, de lo cual me había olvidado completamente. Es decir, creo que había sido invitado, lo deduzco porque estoy seguro de que Memo y mis otros amigos no organizarían una fiesta sin avisarme, jamás; en realidad, no recuerdo en absoluto la invitación, ni dato alguno que me indique que yo tenía conocimiento previo de la realización de dicha fiesta.
Memo estaba borracho, o algo así. Me saludó efusivamente, me dijo que me estaban esperando, que pasara e hiciera lo que quisiera, me dio la espalda, y se dirigió velozmente hacia el interior de su casa. Ahí quedé yo, dudando de si debía entrar o no. Las circunstancias no eran las más apropiadas para discutir mi problema, pero en realidad, había acudido ahí en busca de ayuda, casi desesperado, y no tenía muchos otros lugares donde buscarla. Es más, todos mis amigos se encontraban en esa fiesta, de manera que si me iba, como fue mi primer impulso, no sabría adónde ir.
Respiré profundo y entré. Miré rápidamente a todos. Litros y litros de alcohol, risotadas, miradas de pez, gente tirada en los sillones, unos casi encima de otros. Cero cordura. Nada de lo que yo buscaba.
De golpe, una mano me agarró del hombro:
-¿Cómo andás? Pensamos que no venías -me dijo Cuti, con otra de esas sonrisas insensatas, otro vaso medio lleno en la mano, apoyándose en mi hombro para no empezar a moverse como un trompo a punto de parar-. Este hijo de puta -dijo, señalando a Memo- preparó clericó, ¿sabés?, y ¿sabés lo que hizo el hijo de puta? ¿sabés lo que hizo?
-No, no sé.
-¡Qué hijo de puta! ¿Sabés lo que hizo? Le echó un par de pastillas adentro del clericó, ¡qué hijo de puta! -repitió, blandiendo el vaso como si fuera un trofeo. Cuando vio que no me causaba demasiada gracia, se alejó sin agregar nada.
Pensé en buscar a Gabo. El era el más coherente de todos, no podía estar en el mismo estado que los demás. Busqué con la mirada y lo encontré en un sillón, charlando con una chica desconocida. Caminé hacia él. Intenté pensar cómo le contaría mi problema, cómo se lo diría, ya que no era nada sencillo. Decidí que no importaba, tenía que decírselo a alguien cuanto antes, y Gabo era la persona ideal para ayudarme a resolverlo. No tenía demasiado tiempo; en realidad, no tenía nada de tiempo, no se tiene nada de tiempo en estos casos; todo tiempo es tiempo en contra. A esta altura, alguien podía haber notado algo. Intenté impedir que mi pensamiento entrara por ese camino, ya que sabía que conducía a la desesperación, y no quería desesperarme, porque desesperado no se puede pensar, y yo ante todo necesitaba pensar, pensar como no había pensado hasta ahora. Cuando iba llegando al sillón, me di cuenta de que Gabo estaba muy romántico con la chica desconocida, y tan concentrado en ella que ni siquiera me había visto. Estábamos a tres pasos cuando se paró de golpe, con la chica de la mano, y se escabulleron entre la gente. Quedé congelado, sin poder creer que los hubiera perdido de vista con tanta facilidad. Me puse en puntas de pie para buscarlos, y comencé a mover la cabeza como quien no está conforme con lo que le dicen, pero más lentamente, intentando colar la mirada por entre los huecos que dejaba la gente. Alguien me abrazó desde atrás; iba a darme vuelta violentamente, cuando sentí un par de tetas en mi espalda, lo cual puede ser, entre otras cosas, un poderoso sedante.
Era Rita, que había tomado tanto clericó como cualquiera. Me saludó con un pico y empezó que cómo estás, que dónde te habías metido, que qué ganas de verte que tenía, que qué bueno encontrarte en; la dejé con las palabras en la boca, ya que no me servía, además había engordado bastante y había perdido su mirada inteligente.
No podía dejar de pensar en mi problema, necesitaba resolverlo pronto, necesitaba encontrar alguien que me ayudara discretamente, sin que nadie se enterara; parecía una locura ir con un asunto tan delicado ante una manga de borrachos dados vuelta, pero no tenía alternativa. Por un momento pensé que quizás sería bueno esperar hasta el día siguiente; podía acomodarme en un sillón, intentar dormir un poco, y esperar a que terminara la fiesta (en realidad, nadie me garantizaba que al día siguiente hubiera terminado). Podría después hablar con Memo cuando estuviera en condiciones de escucharme. De pronto, alguien subió la música. Era ensordecedora e hipnótica. Me había gustado ese tipo de música en otros tiempos, pero yo ya no era el mismo, no sería el mismo después de ese día. Esto fue como un despertador; me vino a la mente que del baúl de mi auto, localización exacta de mi problema, podía estar chorreando sangre, incluso imaginé el charco que podía haberse formado debajo del baúl y, si bien era de noche, cualquiera podía pasar por la vereda, ver eso tan extraño, y avisar a la policía. Me estremecí. Mi situación era urgente. El problema debía ser resuelto. En ese momento, pasó cerca de mí Memo. Me precipité hacia él, lo tomé fuertemente de un brazo, decidido a que esta vez no se me escaparía.
-Memo -le dije, con una expresión de tal gravedad en el rostro, que logré extraerlo de su delirio, y se puso serio-, tengo que hablar un minuto con vos -y lo llevé, sin soltarle el brazo, a la cocina. Él no se resistió, parecía haber comprendido que se trataba de algo sumamente grave y, sobre todo, urgente. Como pude, intentando ser claro y breve, le conté el problema. Me alegré cuando noté en su rostro que la borrachera parecía habérsele disipado.
-Tenemos que hacer algo -me dijo-, y tenemos que hacerlo ya.
-El tiempo nos corre.
-¿Puedo decirle a una sola persona? Necesito que lo sepa una sola persona más.
-¿Quién?
-Gabo. ¿Dónde está Gabo? -y comenzó a buscarlo con la mirada.
Alguien nos dijo que lo había visto subir. Memo, con gran lucidez, fue directo hacia la puerta de uno de los cuartos; golpeó:
-Gabo, tengo que hablar con vos -abrió. Cerró la puerta a su espalda, dejándome afuera. Yo no podía dejar de pensar en el problema, si bien la aparente lucidez de Memo me había tranquilizado un poco. Pero tenía presente todo el tiempo ese baúl, no podía evitar imaginarme un charco de sangre, un vecino viéndolo y corriendo hacia el teléfono; era todo cuestión de segundos, y yo ya había perdido una eternidad ahí adentro.
Salió Memo y Gabo detrás de él, los dos con la misma expresión grave. Volvimos a la cocina, yo ansioso por saber qué habían resuelto, urgido por el problema.
-Quedate tranquilo, viejo -Memo-, ahora lo solucionamos -volvió a sonreír. Gabo ya se encaminaba hacia el auto, me pidió las llaves. Memo se quedó conmigo-. Todo tiene solución, salvo haber nacido, ¿no? Vení, tomate algo y calmate un poco, estás más pálido que Drácula -me sirvió clericó; sin pensarlo, tomé medio vaso. Enseguida recordé las pastillas, y el estado en que se encontraban todos, pero ya era tarde, ¿qué podía hacer? tomé el resto del vaso y Memo se apresuró a llenarlo de nuevo-. Hagamos una cosa: andá un poquito con la gente, tratá de divertirte, de pasarla bien un rato, y dejá que tus amigos se ocupen de todo. Al problema dalo por resuelto, olvidate, no te preocupes más. Andá, andá, divertite.
Memo siempre parecía tener razón. Volví entre la gente, y mientras caminaba noté que el clericó loco comenzaba a hacerme efecto, y era un efecto contundente.
Habrá pasado media hora (nunca tuve buena noción del tiempo, y esa noche menos que nunca), cuando Gabo se me acercó (yo estaba medio tirado en un sillón), me puso una mano en el hombro y me dijo que me quedara tranquilo, que estaba todo bien, que ya no tenía que preocuparme por nada. A esa altura el clericó me había hecho bastante efecto, y el problema que Gabo reinsertaba en mi mente me resultaba lejano, como un sueño de un par de noches atrás, algo que vagamente se recuerda. Sonreí y me alegré de que mis amigos se hubieran encargado de todo. Los bendije en mi interior y me felicité de tener tan buenos amigos.
Enseguida, se abrió la puerta de la cocina y apareció Memo, con dos enormes jarras de clericó, que todos saludaron con alegría.
-Estas son de vino rosado. A ver, a ver, los vasitos, de a uno, por favor...
Atrás de él venía la chica desconocida, con una gran bandeja de empanadas.
-Empanaditas de carne, ideales para esta hora.
-¿Tienen cebolla?
-Bastante, de verdeo.
-Dame una.
-Yo quiero también.
Mis ojos registraban todo esto como un sueño. Di vuelta la cabeza y vi a Rita, le hice señas de que se acercara, y se sentó junto a mí, muy cerca. Pensé en decirle que antes la había dejado porque estaba apurado por ir al baño, pero no estoy seguro de haber dicho ni la mitad de una frase que expresara algo así. Creo que me salió algo incoherente, o algunas palabras sueltas que no llegaban a comunicar lo que yo pretendía. A ella pareció no importarle. Quizás yo puse cara de excusa, y ella comprendió.
-¿Seguís de novio? -fue lo único que comprendí de lo que me preguntó.
-No. A partir de hoy -dije, o quise decir.
Nos estábamos besando y acariciando cuando se acercó Memo con el clericó. Me llenó bien el vaso. Me resultó dulce. El efecto se sintió enseguida. La mirada de Rita era toda una invitación, la música sonaba encantadoramente ensordecedora e hipnótica, todos reían alegremente. Rita entreabrió los labios. Cerré los ojos y comencé a explorar su boca con mi lengua.
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