George Rodriguez tenia cara de nabo. Su rostro era muy pálido y alargado, y estaba surcado por arrugas horizontales casi imperceptibles.
Un día, estaba sentado en un bar, tomando un café que no tenía gusto a nada: no tenia gusto a café, ni a té, ni a jugo de arándanos, ni siquiera a agua mineral. En eso, vio que se le acercaba una mujer con pinta de gato. Era pequeña y delgada, estaba cubierta de pelos y tenía la cara chata y las orejas puntiagudas.
¿Me puedo sentar? le preguntó, lanzándole una mirada felina. George respondió con un gesto y una media sonrisa, la mitad derecha.
Ella tomó la carta y se puso a estudiarla. Cuando la supo bien de memoria, llamó al mozo.
Pidió una lágrima, pero después cambió de idea y pidió un café doble.
Te aviso que el café de este bar no tiene gusto a nada, dijo George.
Mejor, dijo ella, porque no me gusta el café. ¿Te dijeron que tenés unos ojos muy especiales?
No, no me dijeron. Tengo los ojos de mi padre.
¿Ah, si?
Sí, yo nací con unos ojos espantosos, y él me donó los suyos.
Comprendo. Son muy especiales... parecen como gastados, como muy usados...
Vino el mozo con dos tazas de café y las puso en la mesa, frente a la dama.
Usted tiene la mirada triste, aventuró George.
Es que hace poco perdí a mi marido. Lo busqué por toda la casa, pero no lo he podido encontrar.
Qué terrible.
Imagínese. Di vuelta toda la casa, pero no apareció. Me gasté una fortuna en albañiles y me quedó así, porque no tengo plata para enderezarla.
Qué mal.
Mire, voy a ser sincera. Yo lo encaré a usted porque me dijeron que tiene varias propiedades.
Así es. Dicen que soy bueno contra el estreñimiento, ayudo a combatir el asma y la tos, y aplicado externamente en forma de cataplasmas soy útil para combatir los sabañones y las inflamaciones en general.
¡Cásese conmigo, por favor! Prometo serle fiel, tanto en la salud como en la adversidad...
No creo que pueda, señora. Lo siento, pero mi corazón ya tiene dueña.
No me diga...
Si, en una época estuve mucho tiempo sin trabajo, y tuve que venderlo para poder subsistir. Por suerte, es una señora muy amable que me lo presta hasta que ella lo necesite.
La mujer se puso a lamerse las manos.
En ese momento, entró un ladrón.
Quietos todos, dénme toda la guita o los quemo, gritó, mientras mostraba un encendedor a bencina. Enseguida, se dirigió al cajero: ¡La pasta, quiero toda la pasta!
Ante una seña del cajero, el personal del bar juntó ravioles, fideos y sorrentinos y se los entregó al delincuente en una gran bolsa.
¡Los ñoquis también, no se hagan los piolas!
Tras haberse hecho con el botín, el izquierdo, el ladrón huyó como una rata, en cuatro patas y dando pequeños y rápidos saltitos, con rumbo desconocido.
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