2007/09/20

El Rebelde

Partimos de Asunción el Capitán y yo, con un grupo de nuestros mejores hombres, que yo juzgué demasiado numeroso, ya que teníamos orden de apresar a un solo hombre, a quien la Junta –que acababa de asumir- consideraba un bandido y un revolucionario peligroso.
Llegamos sin complicaciones a la pequeña chacra, enclavada en un claro de la selva, donde se respiraba un aire apacible. Nos adentramos respetuosamente, y vimos al rebelde, mateando calmo a la sombra de un tarumá, sin percatarse de nuestra presencia, y casi dándonos la espalda.
El primero en vernos fue el negro que lo asistía, quien se sobresaltó y dio un paso adelante, y luego dos hacia atrás, cuando el Capitán levantó una mano, como para tranquilizarlo.
El revolucionario miró al Capitán de soslayo, sin decir una palabra.
Noté que llevaba un facón en el flanco izquierdo, pero me di cuenta de que tal cosa tenía que ver únicamente con las costumbres gauchescas, y aquel facón no estaba ahí para ser usado contra otro hombre.
Aquel bandido tenía más de setenta años. A menos de un metro, reposaba su bastón, tan inseparable como el negro Lencina, que debía ayudarlo en todo. Calvo, muy flaco, casi sin dientes, no era más que un apacible abuelo que se dedicaba a charlar con los vecinos o los indios de la zona.
Veinte años en aquella imperturbable chacra de Curuguaty habían dejado muy atrás para aquel hombre los tiempos de su gesta heroica, cuyo fracaso lo había llevado a refugiarse en aquel paraje de días invariables, muy lejos de la agitación incesante de la Capital.
Vivo quedaba aún su recuerdo, y la trascendente fama que persistía entre sus adeptos, quienes, a pesar de no haber tenido noticias de él en tanto tiempo, insistían en relatar sus hazañas y exaltar su figura.
El viejo caudillo comprendió enseguida, y le ahorró palabras al Capitán, que estaba algo desolado:
-Entiendo que tengo que acompañarlos, señores. Me llevarán a Asunción.
Dio unas instrucciones al negro Lencina, y se dispuso a partir sumisamente.
Tiempo más tarde, el Capitán me confesaría que en aquel momento se le cruzó por la cabeza dejar la orden incumplida, y retornar con la justificación de que el revolucionario no se encontraba en aquel paraje. Creo que no hubiera sido una mentira.
El viaje fue lento y tranquilo, dominado por el silencio.
Durante la última parada, el Capitán me llamó a un aparte:
-Tajéeme la mejilla -me lanzó de pronto.
Quedé atónito ante la insólita orden, pero como su mirada me apremiaba, desenvainé la espada y le rayé la cara sin pensar.
Cuando entramos en la Capital, un gentío se apiñaba para vernos pasar. Antes que en la anciana figura del caudillo, todos repararon en la infamante cicatriz que marcaba al Capitán. Las expresiones de todos los rostros transmitían un asombro sagrado, y se oían comentarios murmurados en tono solemne.
El viejo rebelde fue entregado a las autoridades, y puesto en la cárcel, donde pasaría menos de un año. La nueva revolución, que pondría fin a la Junta, no tardaría en estallar.

2007/08/30

Literal

George Rodriguez tenia cara de nabo. Su rostro era muy pálido y alargado, y estaba surcado por arrugas horizontales casi imperceptibles.
Un día, estaba sentado en un bar, tomando un café que no tenía gusto a nada: no tenia gusto a café, ni a té, ni a jugo de arándanos, ni siquiera a agua mineral. En eso, vio que se le acercaba una mujer con pinta de gato. Era pequeña y delgada, estaba cubierta de pelos y tenía la cara chata y las orejas puntiagudas.
¿Me puedo sentar? le preguntó, lanzándole una mirada felina. George respondió con un gesto y una media sonrisa, la mitad derecha.
Ella tomó la carta y se puso a estudiarla. Cuando la supo bien de memoria, llamó al mozo.
Pidió una lágrima, pero después cambió de idea y pidió un café doble.
Te aviso que el café de este bar no tiene gusto a nada, dijo George.
Mejor, dijo ella, porque no me gusta el café. ¿Te dijeron que tenés unos ojos muy especiales?
No, no me dijeron. Tengo los ojos de mi padre.
¿Ah, si?
Sí, yo nací con unos ojos espantosos, y él me donó los suyos.
Comprendo. Son muy especiales... parecen como gastados, como muy usados...
Vino el mozo con dos tazas de café y las puso en la mesa, frente a la dama.
Usted tiene la mirada triste, aventuró George.
Es que hace poco perdí a mi marido. Lo busqué por toda la casa, pero no lo he podido encontrar.
Qué terrible.
Imagínese. Di vuelta toda la casa, pero no apareció. Me gasté una fortuna en albañiles y me quedó así, porque no tengo plata para enderezarla.
Qué mal.
Mire, voy a ser sincera. Yo lo encaré a usted porque me dijeron que tiene varias propiedades.
Así es. Dicen que soy bueno contra el estreñimiento, ayudo a combatir el asma y la tos, y aplicado externamente en forma de cataplasmas soy útil para combatir los sabañones y las inflamaciones en general.
¡Cásese conmigo, por favor! Prometo serle fiel, tanto en la salud como en la adversidad...
No creo que pueda, señora. Lo siento, pero mi corazón ya tiene dueña.
No me diga...
Si, en una época estuve mucho tiempo sin trabajo, y tuve que venderlo para poder subsistir. Por suerte, es una señora muy amable que me lo presta hasta que ella lo necesite.
La mujer se puso a lamerse las manos.
En ese momento, entró un ladrón.
Quietos todos, dénme toda la guita o los quemo, gritó, mientras mostraba un encendedor a bencina. Enseguida, se dirigió al cajero: ¡La pasta, quiero toda la pasta!
Ante una seña del cajero, el personal del bar juntó ravioles, fideos y sorrentinos y se los entregó al delincuente en una gran bolsa.
¡Los ñoquis también, no se hagan los piolas!
Tras haberse hecho con el botín, el izquierdo, el ladrón huyó como una rata, en cuatro patas y dando pequeños y rápidos saltitos, con rumbo desconocido.

2007/08/28

El horóscopo de esta semana

Aries: Es hora de cosechar lo que vino sembrando en los últimos meses. Levántese de la cama, vístase y busque trabajo en el campo.
Capricornio: Comienza una etapa altamente favorable, aunque breve; deberá ser rápido de reflejos, para aprovecharla al máximo.
Acuario: Un político corrupto le propone montar una red internacional de pedofilia por internet. Si acepta la propuesta, es muy probable que termine en la cárcel. Si la rechaza, sufrirá la persecución de un juez amigo del político corrupto, y también es muy probable que termine en la cárcel. Pero no se preocupe, porque en la cárcel conocerá al amor de su vida y será inmensamente feliz.
Capricornio: Fin de una etapa favorable. Lo que sigue, es una etapa altamente desfavorable, a la que deberá hacer frente lo mejor que pueda.
Sagitario: Será mejor abrir el paraguas antes de que llueva. Lo acusarán de un crimen que no cometió.
Tauro: Esta semana le será revelada su naturaleza divina. Una aparición del más allá le dirá que usted es el creador del universo y padre de la humanidad. Salga a la calle y predique a los cuatro vientos su verdad.
Escorpio: Los próximos días son ideales para cometer delitos y crímenes de toda índole. Cuando lo interroguen al respecto, acuse a alguien de Sagitario.
Piscis: Muchas veces le aconsejamos que controle su impulsividad. Esta semana, llegará demasiado lejos y se orinará mientras esté brindando una conferencia, lo que causará su escarnio público. No se deprima, venda todo y ponga un bar en la costa de Brasil.
Géminis: Su familia lo odia y se confabulan para asesinarlo. Finja un total desconocimiento de la situación, pero tome recaudos.
Virgo: La lamparita de la cocina está a punto de quemarse. El anillo que perdió está debajo de la cama. Los frenos de su auto necesitan reparación. Su pareja lo engaña. Es hora de avivarse, no puede ser que no se dé cuenta de nada!!!
Leo: No crea absolutamente en nada de lo que le digan. Todos están en su contra. Intentan destruirlo. Quieren hacerlo pasar por loco para internarlo y quedarse con lo que tanto esfuerzo le costó. Están observando todos sus movimientos, con la intención de descubrir un descuido, un error, una grieta por donde filtrar sus macabras intenciones. Consulte a un psicólogo por sus ideas paranoicas.
Libra: Va de vacaciones a un país africano y los nativos lo eligen como presidente. Después de un corto período durante el cual intenta ordenar el caos en que está inmerso el país, llega a la conclusión de que una férrea tirania es la mejor forma de gobernar. Comienzan 40 años de dictadura, durante los cuales será amado y odiado por el pueblo. Un día, una revolución lo obligará a renunciar. Será enjuiciado y condenado a linchamiento en la plaza principal, pero se las arreglará para huir en una balsa. Sin embargo, la balsa se romperá y usted será devorado por los tiburones.
Cáncer: Deje de creer en estas pavadas del horóscopo. Usted es el hacedor de su propio destino, y nadie puede dictárselo. Tome las riendas del mismo y salga a vivir la vida que siempre deseó. Su número de suerte esta semana es el 18.

2007/08/23

Consejos para enamorar a una mujer

1- Si le gusta una mujer, ignórela. Si no le gusta una mujer, es importante que busque alguna que le guste. Debe haber alguna mujer que le resulte atractiva en su trabajo, en el gimnasio, o entre sus vecinos. Si ninguna mujer le resulta atractiva, al menos habrá una que le resulte pasable. Si ninguna le resulta siquiera pasable, habrá quizás alguna que no le cause repugnancia. Pues bien, piense en ella. El hombre debe tener, en todo momento, por lo menos una mujer que ocupe sus pensamientos. De lo contrario, sus pensamientos correrán el riesgo de verse ocupados por estupideces tales como la política, el fútbol o las carreras de autos.

2- Toda mujer sabe perfectamente que no hay nada más aburrido y previsible que un hombre. Por lo tanto, si quiere llamar la atención de una mujer, debe sorprenderla siendo original. Por ejemplo, cuando se cruce con ella, hágale una profunda reverencia, mientras musicaliza el momento con un sonoro pedo. Esto sin lugar a dudas le causará una fuerte impresión.

3- Hágale un regalo. Por ejemplo, flores... No, flores no, porque muchas mujeres odian las flores, o les dan alergia. Mejor, regálele bombones. No, no, bombones no, porque muchas mujeres están a dieta... un muñeco de peluche tampoco, porque podría pensar que usted tiene una mentalidad infantil... regálele mejor un costoso anillo con brillantes. Aunque, pensándolo bien, ella va a creer que un regalo tan caro lo tendrá que pagar con sexo... En fin, hágale un regalo, piénselo usted, pero tenga en cuenta que las mujeres nunca se conforman con nada.

4- Finja interés en criaturas débiles o insignificantes, como los animales, los niños y demás alimañas. Por carácter asociativo, las mujeres tienden a creer que un hombre que demuestra ternura hacia seres desposeidos será un buen compañero o amante. No pierda oportunidad de contarle que se quedó hasta altas horas de la noche hablándole al potus, porque lo notaba un poco caido, o que está muy interesado en los derechos de los coleópteros.

5- Sea usted mismo. A menos, claro, que usted mismo sea una persona francamente desagradable. En tal caso, lo mejor va a ser que en lugar de ser usted mismo, finja ser otro. Puede ser cualquiera que le caiga simpático, o que usted juzgue más agradable que usted mismo. Aunque, si usted mismo es un ser despreciable, es muy probable que las personas que le resulten agradables a usted sean igual de antipáticas que usted mismo. Lo mejor será que intente parecerse al protagonista de alguna serie de moda, o de alguna película. Imítelo hasta en los menores detalles. Finja ser como él, y después me cuenta.

2007/08/09

Paracaidas

Tiró la moneda. Cara. Sin mirar al otro, se puso el paracaidas y saltó.
Mientras caía, vio a lo lejos el avión convertido en una bola de fuego.

2007/08/02

Dos

Al dia siguiente, el señor Gerardez decidió que sería prudente comprar un arma. Salió a la calle y deambuló durante tres cuartos de hora, hasta que dio con un grupo de monjas, a quienes encaró para preguntarles si conocían alguna armeria por la zona. Las monjas le recomendaron una que estaba en una galería, a unas treinta y cinco cuadras de ahi. Como el señor Gerardez no tenía idea de dónde se encontraba, resolvió caminar siguiendo las indicaciones de las monjas.
Diez minutos después estaba entrando a la galería. Entró a la armeria y le pidió al hombre que estaba detrás del mostrador que le recomendara una pistola.
- Señor - contestó el otro - ¿no le da vergüenza? ¿no sabe que a las armas las carga el diablo? ¿nunca leyó a Bertrand Russell? ¿tiene idea de cuántas personas mueren por año como consecuencia del mal uso de armas de fuego?
El señor Gerardez no atinaba a decir palabra.
- Por lo visto, usted estaba por cometer un acto irreflexivo. Vio la armeria y entró, sin pensarlo. Deberia estar avergonzado. Seria mejor que comprara algo de droga, o algunos juguetes sexuales. Acá en la galería hay un local que vende muy buenos juguetes sexuales. A su mujer le encantan.
- Epa, ¿qué le pasa?
- No lo tome a mal, a la mayoria de las mujeres les encantan, por eso lo digo.
- Bueno, bueno - el señor Gerardez se dispuso a salir del local.
- Eh, espere! ¿No va a comprar nada?
El señor Gerardez volvió sobre sus pasos, desconcertado. El comerciante puso sobre el mostrador una pistola mediana y una caja de balas.
- Son doscientos cincuenta pesos.
El señor Gerardez pagó y se fue, no sin antes prestar el juramento que el vendedor le exigió, consistente en asegurar que sólo utilizaría el arma para el bien.

2006/09/05

La Fiesta

En mi desesperación, se me ocurrió que quizás Memo me podía ayudar. Él tenía contactos, conocía mucha gente, algunos de ellos con cierto poder, él parecía tener solución para todo.
Bajé del auto casi corriendo y toqué el timbre, sin preocuparme por mi aspecto, que en el mejor de los casos, sería el de un pordiosero. En ese breve lapso entre tocar el timbre y esperar que a uno le respondan, durante el cual se suele reparar en la imagen que se va a encontrar quien abra la puerta, intenté meter la camisa dentro del pantalón; creo que lo logré con casi la mitad, pero desistí apenas comencé a escuchar que maniobraban con la cerradura.
Abrió el propio Memo, como yo estaba deseando, con la mirada extraviada y un vaso medio lleno en la mano, sonriéndome estúpidamente. Recién en ese momento me percaté de que se oía música y numerosas voces en el interior de la casa, recordé entonces que esa noche había una fiesta, e incluso que yo había sido invitado, de lo cual me había olvidado completamente. Es decir, creo que había sido invitado, lo deduzco porque estoy seguro de que Memo y mis otros amigos no organizarían una fiesta sin avisarme, jamás; en realidad, no recuerdo en absoluto la invitación, ni dato alguno que me indique que yo tenía conocimiento previo de la realización de dicha fiesta.
Memo estaba borracho, o algo así. Me saludó efusivamente, me dijo que me estaban esperando, que pasara e hiciera lo que quisiera, me dio la espalda, y se dirigió velozmente hacia el interior de su casa. Ahí quedé yo, dudando de si debía entrar o no. Las circunstancias no eran las más apropiadas para discutir mi problema, pero en realidad, había acudido ahí en busca de ayuda, casi desesperado, y no tenía muchos otros lugares donde buscarla. Es más, todos mis amigos se encontraban en esa fiesta, de manera que si me iba, como fue mi primer impulso, no sabría adónde ir.
Respiré profundo y entré. Miré rápidamente a todos. Litros y litros de alcohol, risotadas, miradas de pez, gente tirada en los sillones, unos casi encima de otros. Cero cordura. Nada de lo que yo buscaba.
De golpe, una mano me agarró del hombro:
-¿Cómo andás? Pensamos que no venías -me dijo Cuti, con otra de esas sonrisas insensatas, otro vaso medio lleno en la mano, apoyándose en mi hombro para no empezar a moverse como un trompo a punto de parar-. Este hijo de puta -dijo, señalando a Memo- preparó clericó, ¿sabés?, y ¿sabés lo que hizo el hijo de puta? ¿sabés lo que hizo?
-No, no sé.
-¡Qué hijo de puta! ¿Sabés lo que hizo? Le echó un par de pastillas adentro del clericó, ¡qué hijo de puta! -repitió, blandiendo el vaso como si fuera un trofeo. Cuando vio que no me causaba demasiada gracia, se alejó sin agregar nada.
Pensé en buscar a Gabo. El era el más coherente de todos, no podía estar en el mismo estado que los demás. Busqué con la mirada y lo encontré en un sillón, charlando con una chica desconocida. Caminé hacia él. Intenté pensar cómo le contaría mi problema, cómo se lo diría, ya que no era nada sencillo. Decidí que no importaba, tenía que decírselo a alguien cuanto antes, y Gabo era la persona ideal para ayudarme a resolverlo. No tenía demasiado tiempo; en realidad, no tenía nada de tiempo, no se tiene nada de tiempo en estos casos; todo tiempo es tiempo en contra. A esta altura, alguien podía haber notado algo. Intenté impedir que mi pensamiento entrara por ese camino, ya que sabía que conducía a la desesperación, y no quería desesperarme, porque desesperado no se puede pensar, y yo ante todo necesitaba pensar, pensar como no había pensado hasta ahora. Cuando iba llegando al sillón, me di cuenta de que Gabo estaba muy romántico con la chica desconocida, y tan concentrado en ella que ni siquiera me había visto. Estábamos a tres pasos cuando se paró de golpe, con la chica de la mano, y se escabulleron entre la gente. Quedé congelado, sin poder creer que los hubiera perdido de vista con tanta facilidad. Me puse en puntas de pie para buscarlos, y comencé a mover la cabeza como quien no está conforme con lo que le dicen, pero más lentamente, intentando colar la mirada por entre los huecos que dejaba la gente. Alguien me abrazó desde atrás; iba a darme vuelta violentamente, cuando sentí un par de tetas en mi espalda, lo cual puede ser, entre otras cosas, un poderoso sedante.
Era Rita, que había tomado tanto clericó como cualquiera. Me saludó con un pico y empezó que cómo estás, que dónde te habías metido, que qué ganas de verte que tenía, que qué bueno encontrarte en; la dejé con las palabras en la boca, ya que no me servía, además había engordado bastante y había perdido su mirada inteligente.
No podía dejar de pensar en mi problema, necesitaba resolverlo pronto, necesitaba encontrar alguien que me ayudara discretamente, sin que nadie se enterara; parecía una locura ir con un asunto tan delicado ante una manga de borrachos dados vuelta, pero no tenía alternativa. Por un momento pensé que quizás sería bueno esperar hasta el día siguiente; podía acomodarme en un sillón, intentar dormir un poco, y esperar a que terminara la fiesta (en realidad, nadie me garantizaba que al día siguiente hubiera terminado). Podría después hablar con Memo cuando estuviera en condiciones de escucharme. De pronto, alguien subió la música. Era ensordecedora e hipnótica. Me había gustado ese tipo de música en otros tiempos, pero yo ya no era el mismo, no sería el mismo después de ese día. Esto fue como un despertador; me vino a la mente que del baúl de mi auto, localización exacta de mi problema, podía estar chorreando sangre, incluso imaginé el charco que podía haberse formado debajo del baúl y, si bien era de noche, cualquiera podía pasar por la vereda, ver eso tan extraño, y avisar a la policía. Me estremecí. Mi situación era urgente. El problema debía ser resuelto. En ese momento, pasó cerca de mí Memo. Me precipité hacia él, lo tomé fuertemente de un brazo, decidido a que esta vez no se me escaparía.
-Memo -le dije, con una expresión de tal gravedad en el rostro, que logré extraerlo de su delirio, y se puso serio-, tengo que hablar un minuto con vos -y lo llevé, sin soltarle el brazo, a la cocina. Él no se resistió, parecía haber comprendido que se trataba de algo sumamente grave y, sobre todo, urgente. Como pude, intentando ser claro y breve, le conté el problema. Me alegré cuando noté en su rostro que la borrachera parecía habérsele disipado.
-Tenemos que hacer algo -me dijo-, y tenemos que hacerlo ya.
-El tiempo nos corre.
-¿Puedo decirle a una sola persona? Necesito que lo sepa una sola persona más.
-¿Quién?
-Gabo. ¿Dónde está Gabo? -y comenzó a buscarlo con la mirada.
Alguien nos dijo que lo había visto subir. Memo, con gran lucidez, fue directo hacia la puerta de uno de los cuartos; golpeó:
-Gabo, tengo que hablar con vos -abrió. Cerró la puerta a su espalda, dejándome afuera. Yo no podía dejar de pensar en el problema, si bien la aparente lucidez de Memo me había tranquilizado un poco. Pero tenía presente todo el tiempo ese baúl, no podía evitar imaginarme un charco de sangre, un vecino viéndolo y corriendo hacia el teléfono; era todo cuestión de segundos, y yo ya había perdido una eternidad ahí adentro.
Salió Memo y Gabo detrás de él, los dos con la misma expresión grave. Volvimos a la cocina, yo ansioso por saber qué habían resuelto, urgido por el problema.
-Quedate tranquilo, viejo -Memo-, ahora lo solucionamos -volvió a sonreír. Gabo ya se encaminaba hacia el auto, me pidió las llaves. Memo se quedó conmigo-. Todo tiene solución, salvo haber nacido, ¿no? Vení, tomate algo y calmate un poco, estás más pálido que Drácula -me sirvió clericó; sin pensarlo, tomé medio vaso. Enseguida recordé las pastillas, y el estado en que se encontraban todos, pero ya era tarde, ¿qué podía hacer? tomé el resto del vaso y Memo se apresuró a llenarlo de nuevo-. Hagamos una cosa: andá un poquito con la gente, tratá de divertirte, de pasarla bien un rato, y dejá que tus amigos se ocupen de todo. Al problema dalo por resuelto, olvidate, no te preocupes más. Andá, andá, divertite.
Memo siempre parecía tener razón. Volví entre la gente, y mientras caminaba noté que el clericó loco comenzaba a hacerme efecto, y era un efecto contundente.
Habrá pasado media hora (nunca tuve buena noción del tiempo, y esa noche menos que nunca), cuando Gabo se me acercó (yo estaba medio tirado en un sillón), me puso una mano en el hombro y me dijo que me quedara tranquilo, que estaba todo bien, que ya no tenía que preocuparme por nada. A esa altura el clericó me había hecho bastante efecto, y el problema que Gabo reinsertaba en mi mente me resultaba lejano, como un sueño de un par de noches atrás, algo que vagamente se recuerda. Sonreí y me alegré de que mis amigos se hubieran encargado de todo. Los bendije en mi interior y me felicité de tener tan buenos amigos.
Enseguida, se abrió la puerta de la cocina y apareció Memo, con dos enormes jarras de clericó, que todos saludaron con alegría.
-Estas son de vino rosado. A ver, a ver, los vasitos, de a uno, por favor...
Atrás de él venía la chica desconocida, con una gran bandeja de empanadas.
-Empanaditas de carne, ideales para esta hora.
-¿Tienen cebolla?
-Bastante, de verdeo.
-Dame una.
-Yo quiero también.
Mis ojos registraban todo esto como un sueño. Di vuelta la cabeza y vi a Rita, le hice señas de que se acercara, y se sentó junto a mí, muy cerca. Pensé en decirle que antes la había dejado porque estaba apurado por ir al baño, pero no estoy seguro de haber dicho ni la mitad de una frase que expresara algo así. Creo que me salió algo incoherente, o algunas palabras sueltas que no llegaban a comunicar lo que yo pretendía. A ella pareció no importarle. Quizás yo puse cara de excusa, y ella comprendió.
-¿Seguís de novio? -fue lo único que comprendí de lo que me preguntó.
-No. A partir de hoy -dije, o quise decir.
Nos estábamos besando y acariciando cuando se acercó Memo con el clericó. Me llenó bien el vaso. Me resultó dulce. El efecto se sintió enseguida. La mirada de Rita era toda una invitación, la música sonaba encantadoramente ensordecedora e hipnótica, todos reían alegremente. Rita entreabrió los labios. Cerré los ojos y comencé a explorar su boca con mi lengua.

Mar


Miraba el mar fijamente. Obsesivamente. La indecible bravura, la imperturbable calma. La ciclotimia más inquietante que hubiera presenciado. Horas frente a la ventana, sosteniendo la cabeza entre sus manos, hasta que sus brazos, adormecidos, se le vencian.
Deseaba el mar, y lo deseó durante años.
De adolescente se le acercaba por las noches, con el debido respeto, guardando siempre una sagrada distancia, pero respirando la salada frescura de ese aire propio del océano.
Y sentia temor de aquel monstruo inabarcable, inacabable, incomparable...
A su primera novia la puso frente al mar, en una noche de Luna llena y cielo celeste, donde las nubes resplandecian inquietas, viajando velozmente, y fatalmente.
Y alli la besó.
Con aquel testigo, de cólera imperturbable, infinito y amenazante.
A los 20 consiguió trabajo a bordo de un barco. No se correspondia exactamente con sus previas fantasias, pero vivia en el mar. Y aquella patria salada le alcanzaba para ser feliz.
Vivia hipnotizado.
No se despertaba nunca.
Jamás se dormia.
Vivir era contemplar, admirar.
Y sentir todas las emociones en un solo lugar, frente a una única situacion.
Eran otros los dias, otras las estrellas, la Luna cambiaba su forma todas las noches, pero sobre el mismo mar.
El viento, caprichoso escultor, daba a cada nube una forma irrepetible, sobre el mismo mar.
El mismo que lo acunó durante tantas noches, el que le rugió tantas veces, y tantas otras lo acompañó indiferente, inconmovible. El que lo llevó por los puertos e islas del mundo, permitiéndole descansar de su cobijo, concediéndole el lujo de extrañarlo. Ese que una tarde en que el barco dijo basta lo tomó entre sus brazos. Entre gritos desesperados y trozos de madera le hizo sentir la fria y envolvente caricia. Le permitió mirar hacia todos lados, comprobar la inexorable inmensidad de aquella patria. Le rozó las mejillas con la suavidad de su espuma, y lo atrajo a sus entrañas. Y lo vio sonreir. Sintiendo en su boca los besos incomparablemente salados. Dulces.


Cuando me haga a la mar
Dejaré los lamentos
Y las noches eternas suspirando por él.
Al soltar las amarras
Mataré mi silencio
Y la dulce tortura que me aleja de él.
Cuando soplen, briosos
En mis velas los vientos
Yo sabré que ya es hora de que vuelva a nacer.
Cuando note que, henchidos,
Deseosos los tientos
Me sugieran los rumbos que he de conocer.
Ese día te juro que mis pensamientos
Marcharán a la espalda
De mi voluntad.
No tendré mas motivos que mis sentimientos
Ni más obligación
Que mi necesidad.